LA SIGUIENTE PUBLICACION ES UNA RECOPILACION DE DATOS EXTRAIDOS DESDE DIFERENTES PAGINAS PERO LA INFORMACION PROCEDE DE :

Arturo Carrillo, con la colaboración de Augusto Raúl Carrillo: segmentos de su libro "Ramón Carrillo. El hombre... El médico... El sanitarista" (Libro declarado de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires), Electroneurobiología vol. 14 (1), pp. 33-65, 2005; URL http://electroneubio.secyt.gov.ar/Arturo_y_Ramon_Carrillo.htm

Luego, en el trabajo del Prof. Basso, después de donde dice "Prólogo ...", habría que poner Electroneurobiología vol. 14 (1), pp. 37-39, 2005; URL http://electroneubio.secyt.gov.ar/Arturo_y_Ramon_Carrillo.pdf

Finalmente, abajo de La personalidad del hombre y sus ideales, habría que poner: Capítulo del libro libro "Ramón Carrillo. El hombre... El médico... El sanitarista", publicado en Electroneurobiología vol. 14 (1), pp. 40-60, 2005; URL http://electroneubio.secyt.gov.ar/Arturo_y_Ramon_Carrillo.htm

BIOGRAFIA DE EL DR. RAMON CARRILLO(1906-1956)el gran sanitarista argentino

Acerca de cómo los tiranos quieren ser dioses y no lo logran

Por Aldo Barberis Rusca

Cuentan los mitos que el peor castigo que los dioses podían infligir a un hombre no era la muerte, o el suplicio eterno. El castigo que estaba reservado a quien cometiera una falta en verdad grave era a no existir y, peor aún, a no haber existido nunca. De esta forma el condenado era literalmente borrado del futuro y también del pasado, es decir, la peor condena era el olvido.

La naturaleza misma de la pena hace inútil tratar de averiguar acerca de quienes padecieron esta pena. Es más, tan solo indagar sobre si alguna vez fue aplicada aparece como una pretensión estéril. Los dioses antiguos se mostraban extremadamente responsables en la administración de su justicia.

La "Grecia Clásica" tenía en su justicia un castigo también superior a la muerte. Si el olvido no era posible para los tribunales humanos, si lo era el destierro.

En esos tiempos la dignidad de un hombre libre radicaba en su pertenencia a una ciudad. El hombre es ciudadano. Los que no lo son, los esclavos, no llegan a la plenitud humana. Aristóteles consideraba que un hombre que vive fuera de la ciudad o es un animal o es un semidiós.

Como vemos el castigo en la antigüedad consistía en el olvido o en el destierro; lo cual sin ser lo mismo, era igual. Ambos castigos significaban la perdida de la condición humana: un hombre vivo habita la ciudad; muerto es recordado. Desterrado u olvidado no es hombre.

A pesar de haber pasado varios miles de años algunos hombres han sufrido estos mismos castigos, ambos (destierro y olvido) los han padecido ciertos hombres que han cometido la más grande ofensa que se puede hacer a los dioses modernos: la codicia, el egoísmo y la avaricia.

Ramón Carrillo habiendo nacido en el seno de una familia tradicional santiagueña, había llegado a ser un neurocirujano reconocido en el mundo entero. Formado en la Universidad de Buenos Aires se perfeccionó en Europa y regresó al país para aplicar lo aprendido entre sus compatriotas.

Como neurocirujano fue creador de la radiografía contrastada, un método de diagnóstico utilizado hasta nuestros días, y descubridor de estructuras cerebrales que llevan su nombre. También llevó su ciencia a los más pobres, conciente de que la salud es siempre un derecho y nunca un privilegio. Tal vez esto sea lo que llevó a decir a cierto médico radical que Carrillo no era neurocirujano sino "negro cirujano".

En la década del 30 participó de una envidiable mesa de café cuyos contertulios eran Homero Manzi, Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche entre otros. De esta mesa surgió la mítica agrupación FORJA.

El 17 de Octubre de 1945 lo encuentra como un partícipe fundamental de la epopeya popular convenciendo a los médicos militares de un supuesto grave estado de salud del entonces Coronel Perón. Las radiografías mostraban una pronunciada infección pulmonar y una fecha casi 10 años anterior que supo ocultar.

La reimposición de Perón al frente de las carteras que ocupaba lo llevó a ser el primer Secretario de Salud Pública con que contó la nación.

La Secretaría de Salud Pública fue una de las exigencias que puso Perón ya que hasta el momento solo existía un departamento de higiene y los hospitales eran manejados por la beneficencia o por las distintas colectividades de inmigrantes.

"Mire Carrillo, me parece increíble que tengamos un Ministerio de Ganadería que se ocupe de cuidar a las vacas y no haya un organismo de igual jerarquía para cuidar la salud de la gente" le dijo Perón.

En el año ‘46, cuando se crea el Ministerio de Salud Pública, Carrillo asume como ministro. Este cargo lo conservará hasta 1954. Es imposible enumerar la cantidad de hospitales, salas y servicios que durante la administración de Ramón Carrillo se crearon, fueron cientos y en todo el país (4.229 establecimientos sanitarios con más de 130 mil camas). Solo cabe decir que Carrillo aparte de ser una administrador de la política de salud, fue un teórico del hospital. De hecho su libro "Teoría del Hospital" planta las bases del hospital moderno y es, hasta hoy, bibliografía de las universidades de medicina del mundo.

Su gran logro sanitario fue la campaña contra el Paludismo, uno de los mayores emprendimientos sanitarios realizados en el mundo hasta entonces, y el resultado alcanzado fue espectacular: de 300 mil casos nuevos en 1946 a sólo 137 en 1950.

También redujo drásticamente las afecciones por enfermedades venéreas; el índice de mortalidad por tuberculosis (de 130 por 100 mil a 36 por 100 mil); la mortalidad infantil (de 90 por mil a 56 por mil) y terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis.

Otro de sus grandes logros, superando las presiones de las multinacionales, fue la creación de EMESTA, primera fábrica nacional de medicamentos dedicada a abastecer a todos los establecimientos públicos del país.

Pero Carrillo no hubiera podido hacer nada de lo que hizo de no haber contado con el aval, la amistad y la colaboración de Evita. Todos los proyectos que salían del Ministerio eran tomados y llevados a cabo por la Fundación Eva Perón, juntos poblaron la nación de salud pública, gratuita e indiscriminada.

La muerte de Evita lo puso en manos de los sindicatos, aquellos que quisieron quedarse, y se quedaron, con el negocio de la salud a través de las obras sociales. Carrillo no quiso ser cómplice y dejó el gobierno. Tal vez viera en el futuro lo que es hoy la salud pública en la Argentina.

Perón solo le otorgó al viejo amigo; de quien, junto con Evita, fuera padrino de boda, un cargo de compromiso en Estados Unidos; lejos de las intrigas, las envidias y, sobre todo, de los intereses con los que Carrillo no transaría jamás.

La revolución del 55 lo encuentra trabajando para una empresa minera norteamericana en Brasil.

Solo, enfermo, abandonado; pero no olvidado, atiende gratis en el destartalado hospital de "Belén do Para" en un consultorio improvisado debajo de una escalera, y viaja por río al centro del Matto Grosso para atender al personal de la mina.
Las autoridades militares no lo olvidan, ni le perdonan haberle dado salud a millones de descastados. Ensucian su memoria, roban sus bienes y pretenden del gobierno brasileño una deportación que no logran.

Carrillo muere de un ataque de presión en su humilde casa del nordeste brasileño y, entonces si, al destierro se le suma el olvido, para cerrar el lazo de la peor ignominia que a un hombre se le puede hacer.

Afortunadamente los criminales no son nunca gobernantes legítimos ni, por más que lo pretendan, no llegan a ser dioses. Nunca logran que sus deseos se cumplan totalmente.

A pesar del olvido, del plan de "desperonización" y de las calumnias, los grandes hombres viven en sus obras y guardados en algún remoto cajón de la memoria del pueblo al que pertenecen.

Ramón Carrillo hoy se sienta a la mesa de un café con sus viejos compañeros y los nuevos: Manuel Ugarte, el Cura Mujica y sus compañeros del Tercer Mundo, Castelli y los jacobinos de 1810, John William Cooke y todos los que hicieron de la militancia política un compromiso intelectual.

Los dioses y los gobernantes de los tiempos clásicos sabían que no se debe aplicar un castigo que no se pueda hacer cumplir. Los tiranos no conocen ciertas sutilezas.

aldobr@elbarriopueyrredon.com.ar

Fuente: http://www.elbarriopueyrredon.com.ar


La salud pública

Por Elena Luz González Bazán
Directora de Villa Crespo Digital

Desde 1946 a 1954 fue ministro de Salud Pública de la Nación, este ministerio fue creado en el gobierno de Juan Domingo Perón. Estando al frente de Salud Pública se crearon una infinidad de hospitales, salas de primeros auxilios y en el Primer Plan Quinquenal se duplicaron las camas, se erradicó el paludismo y otras enfermedades endémicas. Esta es su historia…

Indudablemente hablar de Ramón Carrillo, para más de uno resulta un nombre sonoro, pero para muchos significa un nombre no conocido. Es que este prestigioso médico neurocirujano y sanitarista de nuestro país fue en 1946 el primer Ministro de Salud Pública, ministerio creado durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón.

Este santiagueño, que seguramente, hoy sentiría un gran dolor por la situación social que pasa su provincia y gran parte de todo nuestro norte argentino, se preguntaría donde quedaron aquellas grandes campañas contra el paludismo, contra enfermedades endémicas que se terminaron en estos gobiernos y que fueron obra de una labor mancomunada entre miles de trabajadores de la salud, una política del Estado Nacional, el nuevo contenido que tenían los planes quinquenales sobre la salud, la prevención, el ataque de las epidemias, la erradicación de las viviendas insalubres y mejoramiento de los canales acuíferos, la provisión de agua potable, el tendido de cloacas, obras de infraestructura en las zonas más alejadas y con graves problemas epidémicos.

El andar majestuoso del Tren Sanitario, inaugurado por Evita, y que tuvo un antecedente anterior, el recorrer de otro tren sanitario y que utilizó ese otro gran médico que fue Salvador Mazza, que pasó parte de su vida luchando contra la vinchuca, ellos fueron parte fundamental para liquidar las enfermedades.

Ramón Carrillo nació, en la provincia de Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906, realiza sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, y es becado para realizar estudios superiores en países europeos, su paso se conoce en Francia, Alemania y Holanda entre 1930 y 1932. Entre el golpe de estado al Peludo don Hipólito Yrigoyen y el regreso de los conservadores.

Cuando retorna al país ya es un facultativo renombrado, un médico con gran experiencia en el área de neurocirugía, pero Ramón Carrillo no se quedará con la medicina como ciencia cerrada, la abre y la expande hacia la sociedad, que le sirve para auscultar sus padecimientos. Por eso toma la historia que le servirá para entender esa situación, los responsables y la forma de modificarla. Por otro lado fue un hombre que entendió al Estado como espacio esencial en el camino de revertir las situaciones deficitarias de la salud de la población.

En boca de su amigo Floreal Ferrara que contará como Carrillo daba fundamental trascendencia a, por un lado, el contenido integral que tenía de la medicina, lo importante que debía desarrollar y atender el Hospital Público. La cirugía como cuestión principal y aspectos como la maternidad, por ejemplo, debían quedar en lo que llaman la periferia de la atención. Esto era saber utilizar los recursos humanos y económicos.

El 21 de octubre de 1947 Perón presenta ante el Congreso de la Nación el Primer Plan Quinquenal, 1947-1952 donde se proyectan la construcción de 80.000 camas.

Pero volviendo a la historia de Carrillo, cuando regresa al país, en 1937, funda y organiza el Laboratorio de Neuropatología y el Instituto de Clínica Quirúrgica y el Servicio de Neurología, todo esto en el Hospital Militar Central.

El ejercicio de la docencia lo hace, en el área médica en la universidad de Buenos Aires, Facultad de Medicina, la cátedra, de la cual es su titular, Neurología, y la docencia en historia en distintas escuelas secundarias, su acercamiento a los jóvenes es a través de la enseñanza de la historia y de encontrar las formas de arrimar la educación, la medicina y un planteo integral de la salud, es decir, tener un concepto territorial e histórico de las enfermedades, enfermedades endémicas y plagas que aquejaban a la población. Y no como algo abstracto o donde se recetan medicinas, sino donde el paciente es un ser humano que merece atención, sobre todo porque nuestro país tenía, en el ascenso del peronismo, más del 20 por ciento de analfabetismo y serios problemas sanitarios.

A Carrillo se le debe que haya terminado, en este primer mandato peronista, con el paludismo en las provincias de nuestro norte.

En 1937 recibe el Premio Nacional de Ciencias, por su obra Yodoventriculografía, además es autor de varios trabajos sobre medicina, muchos de ellos orientados hacia su especialización y, en anatomía patológica, anatomía comparada y clínica neurológica.

Enfrentar las enfermedades epidémicas fue una responsabilidad que lo destacó, mientras siguió trabajando en su crecimiento como médico cirujano, el aspecto sanitario de la medicina lo tuvo como pionero. Seguramente su obra más importante fue publicada en 1949, ¨Política Sanitaria Argentina¨, antes de morir se publica en 1953, Teoría del Hospital, sus trabajos fueron divulgados en revistas especializadas, en la

Prensa médica y otras revistas.
La creatividad, dedicación y honestidad de Carrillo lo hizo tener que sufrir y padecer el exilio, luego del golpe contra Perón, se va a Brasil, deja sus cátedras y la gestión pública y
Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios como causa de enfermedades son unas pobres causas. Ramón Carrillo (1906-1956)
en Belem do Pará ejerce como médico rural hasta su muerte, el 20 de diciembre de 1956, sumido en la total pobreza.
La cantidad de hospitales, policlínicos, puestos sanitarios de frontera se construyeron bajo su mirada y trabajo militante, entre ellos se cuentan los Policlínicos de Lanús y Avellaneda, el Instituto del Quemado; la utilización en función del hombre que hizo de los censos sobre analfabetismo, los campeonatos Evita que fueron el primer censo poblacional y de salud de los niños y adolescentes. Desterrar a partir de planes de vivienda, aquellos rancheríos llenos de vinchuca, plagas enquistadas en nuestro campo, además de un programa de salud social.

Por eso Carrillo planteaba que no podía haber una política Sanitaria sino había una enunciación de la política Social.

Entonces se pueden hablar de estas situaciones fundamentales tomando en cuenta los siguientes ítems o aspectos de la política de salud:

- La Política Sanitaria en si misma.
- La Política Social.
- La idea de necesidad.
- Las instituciones de salud.
- Las prácticas profesionales en este campo.
- La noción de salud.

Ramón Carrillo, nuevamente en la voz de Floreal Ferrara, era un hombre, esencialmente de Estado, y cuenta que le comentaba sobre sus diferencias con Evita: ¨Nosotros decimos que el hospital es del Estado y Evita dice que son del pueblo¨.

Independientemente de las diferencias, la caída del peronismo nos dejó con la salud en manos de la oligarquía, y el Estado fue degradando la salud y el pueblo fue perdiendo su base esencial de salud para todos.

Ramón Carrillo ha sido, premeditadamente, olvidado de los anales de la Salud Pública, de la medicina sanitaria, de la lucha contra las enfermedades endémicas y de una medicina organizada e integrada. De un plan de salud para todo el país.

Sin embargo a pesar de esos olvidos planeados, Don Ramón Carrillo, está en el cariño, recuerdo y enseñanzas de aquellos que a lo largo y ancho del país, reivindican su trayectoria y se pronuncian como hombres y mujeres influenciados por Ramón Carrillo. Vaya un homenaje sentido al médico argentino, de Santiago del Estero.

Porque como decía Carrillo, frente a la miseria, los microbios son pobres causas…


Prologo del libro Ramón Carrillo. El hombre... El médico... El sanitarista, de Arturo Carrillo

"Algunos dicen que es el corazón el órgano con el cual pensamos y el que siente dolores y ansiedades. Pero no es así... Los hombres deben saber que es desde el cerebro y sólo desde el cerebro desde donde surgen el placer, la alegría, la risa y las bromas, así como también nuestras penas, dolores, tristezas y lágrimas. A través de el pensamos, vemos, oímos y distinguimos lo feo de lo hermoso, lo malo de lo bueno, lo placentero de lo aburrido..." Y concluía, "El cerebro es el mensajero de la conciencia". (Hipócrates)

En este libro excepcional escrito con una objetividad sorprendente por Arturo Carrillo y colaboradores se rescata para las nuevas generaciones una figura trascendente de la historia contemporánea argentina. En efecto sus paginas son un viaje en la vida y el pensamiento de Ramón Carrillo, un hombre fuera de lo común en el que la providencia reunió el humanismo y la ciencia, la capacidad de trabajo, la honestidad y la ética para dar como resultado una obra trascendente en el campo de las neurociencias, la salud publica, la filosofía y la política.

En un país como el nuestro en el cual los antagonismos políticos nos han separado en los últimos cincuenta años, es Carrillo prácticamente la única figura rescatable de esa lamentable división ya que su obra monumental como sanitarista no ha sido criticada aun por sus más enconados detractores políticos.

Pero como heredero científico de la obra de Carrillo, el Neurocirujano, no puedo resistirme a la tentación de señalar algunos aspectos de su trayectoria en ese campo.

José Arce en 1930 crea la Sala XII del viejo Hospital de Clínicas que permitió a Manuel Balado y a su joven ayudante Ramón Carrillo dedicarse plenamente el ejercicio de la Cirugía Neurológica dando de esta manera un gran impulso al desarrollo de una actividad científica excepcional con una producción hasta entonces inigualada de trabajos de investigación básica y clínica.

El 21 de mayo de 1943 el Prof. José Arce pone en posesión de la Cátedra a su segundo Profesor Titular, el Dr. Ramón Carrillo. Al referirse al nuevo Titular dijo Arce “Carrillo ha sido siempre un trabajador infatigable. Tres años permaneció en el Instituto y mientras proseguía sus estudios neurológicos con Balado, Argarañaz y con Segura, se adiestraba conmigo en la Clínica y en la Técnica. Alumno siempre sobresaliente, una vez graduado en vez de volver sus ojos al terruño de donde saliera bachiller, dirigió su vista a los Centros científicos de Europa. En Ámsterdam, bajo la dirección de Brouwer, el primer neurólogo de Europa; de Oljenick, discípulo de Cushing y de Ariens Kappers, trabajo tres años. He dicho trabajo y no estudio porque la permanencia del joven Carrillo en Ámsterdam le permitió avanzar en el conocimiento y al mismo tiempo enriquecerlo con trabajos originales” y seguía diciendo Arce “De vuelta al país continuo en 1934, trabajando en el Instituto a mi cargo durante seis años con singular eficiencia. Prosiguió estudios ya iniciados en el Laboratorio de Ariens Kappers sobre anatomía comparada del Sistema Nervioso. Sistematizo la Yodoventriculografía y dedujo del estudio de las imágenes obtenidas originales puntos de vista para el diagnostico, algunos de los cuales figuran en publicaciones y tratados extranjeros de patología nerviosa con el nombre de nuestro joven compatriota. A nadie extraño por eso que su hermoso libro”Yodoventriculografía de la fosa Posterior”, síntesis de sus trabajos sobre el tema fuera recibido con el mayor elogio por Neurólogos y Neurocirujanos hasta el punto que se había iniciado su traducción al alemán por Springer, el gran Editor de Leipzig, cuando estallo la guerra. Tuvo tiempo para más: Inicio la tomorradiografia del encéfalo, continuo sus estudios de anatomía patológica; revoluciono los conceptos fundamentales de las secuelas alejadas de los traumatismos craneanos; estudio con ahínco la semiologia de la aracnoiditis e insistió sobre el tema llamando la atención acerca de los brillantes éxitos terapéuticos que se obtienen en muchos casos de estas afecciones con el tratamiento quirúrgico y dedico algunas monografías al estudio de las hernias cisternales”. Carrillo en ese momento tenía 36 años de edad.

Seria muy poco lo que yo podría agregar a lo dicho entonces por el Maestro Arce, sin embargo algunos años después Dickmann en su Clase Inaugural en 1960 refiriéndose a Carrillo decía “ A su visión, inteligencia y capacidad de organización se debe la creación en 1943 del Instituto de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Medicas en el Pabellón Costa Buero”.

Hoy habiendo tomado distancia y siendo nosotros ajenos a los antagonismos políticos de aquel momento podemos decir sin temor a equivocarnos que la figura de Carrillo trascendió los limites de la Universidad para entrar de lleno con una visión humanística y una inteligencia superior en los acuciantes problemas de la Salud Publica. Utilizo la política, es cierto, pero a través de ella organizo sistemas de salud y sembró de hospitales la geografía nacional con eficiencia y honestidad. Carrillo murió pobre en el exilio, ejerciendo como medico general en una pequeña ciudad del norte de Brasil y paso sus últimos días dependiendo de la ayuda de generosos colegas brasileños que lo admiraban y respetaban.

Este libro autentico e imparcial nos muestra a Carrillo en todas sus facetas. Como organizador de la Salud Publica en Argentina podemos decir que hay un antes y un después de Carrillo y lo recuperamos en este libro a través de su pensamiento plasmado en sus propias palabras que a lo largo de sus paginas se mezclan con las del autor en una simbiosis interesante y fructífera que lo transforman en un verdadero tratado para la organización de un Sistema de Salud que se ocupa como el mismo lo dice de lo individual, lo social y lo político. Dice Carrillo con toda razón “No hay enfermos sino enfermedades” porque el concepto del hombre, su circunstancia, su entorno social y económico, condicionan sin lugar a dudas su patología.

Todos los capítulos exigen una profunda concentración en su lectura plagada de información absolutamente actualizada, el pensamiento de Carrillo como el de todo genio se adelanto en décadas a su tiempo.

Por fin el capitulo dedicado a su exilio y muerte nos emociona en cada una de sus frases.

La cronología de los acontecimientos que lo condujeron a un final prematuro e injusto, sus cartas a familiares y amigos nos muestra en fin a este hombre superior, espíritu preclaro, sacerdote laico, que sin duda excede el campo de la ciencia para adentrarse en la profundidad del hombre, en su espíritu y en la razón de su existencia.

Prof. Dr.Armando Basso
Profesor Emerito, Universidad de Buenos Aires
Director del Instituto de Neurociencias Aplicadas UBA
Presidente Honorario de la Federación Mundial de Sociedades de Neurocirugía
Ex Director Normalizador del Departamento de Salud Pública UBA


La personalidad del hombre y sus ideales

Por Arturo Carrillo [De Ramón Carrillo. El hombre... El médico... El sanitarista]


Dr. Arturo Carrillo (1921-2005)

El hombre

Nuestra intención es destacar la natural forma de ser y pensar de Ramón, así como su inteligencia y creatividad. Tenía muy claro que sus conocimientos debían estar al servicio de la gente y en primer lugar de los más necesitados: por ello se imponía exagerada actividad intelectual, para plasmar en el papel y luego en los hechos sus ideas creativas.

Este comportamiento, muchas veces obsesivo, lo volcó por ejemplo a la organización de la Cátedra de Neurocirugía así como el Instituto para la formación de neurocirujanos. Esta conquista gratificó su vocación docente.

Miraba a sus semejantes por el lado bueno y era fácil ser su amigo. Nunca se enojaba con nadie, salvo con él mismo.

Sensato y sensible, en todo lo que realizaba intentaba ayudar humanitariamente, utilizando a la vez sus profundos conocimientos científicos. Un ejemplo de sensibilidad emocional y honesta conducta se trasunta en su última carta, escrita a su amigo Ponzio unos días antes de padecer el infarto cerebral que lo llevó a la muerte.

La febril actividad que desplegó fue una lucha contra el tiempo; tenemos la seguridad que presentía que su vida sería corta ...

La infancia provinciana

Nació el 7 de marzo de 1906 en la ciudad de Santiago del Estero, en la casa familiar ubicada en la calle Córdoba número 49, a dos cuadras de la Plaza Libertad.

Era hijo de don Ramón Carrillo, profesor (docente egresado de la Escuela Normal de Paraná), periodista y político (tres veces diputado provincial) y de doña María Salomé Gómez Carrillo.

Era el mayor de los once hermanos que componían el resto de la familia. Su bisabuelo, don Marcos Carrillo, había sido un oficial español que cayó prisionero del General Manuel Belgrano en la batalla de Salta. Posteriormente, en 1819, fue liberado y se casó con doña Ascensión Taboada, para radicarse finalmente en la ciudad mediterránea. Así comenzó la estirpe Carrillo de la que nacería Ramón.

Realizó sus estudios primarios en la Escuela Normal "Manuel Belgrano", de la precitada ciudad. Fue un alumno corriente hasta que rindió en carácter de libre los grados quinto y sexto; ello le permitió adelantarse e ingresar al Colegio Nacional de Santiago del Estero a la edad de doce años. Durante esta etapa publicó una monografía histórica, "Juan Felipe Ibarra: su vida y su tiempo", con la que ganó una medalla de oro, premio instituido por las "Damas Patricias" de su provincia (1922); contaba dieciséis años de edad. Poco después presentó otro trabajo, "Glosa de los servidores humildes", en el cual se vislumbra su idea de la necesidad de protección de la vejez. En 1923, a los diecisiete años, egresó como Bachiller con medalla de oro.

Fue desde siempre lector tenaz y persona estudiosa, pero eso no le impedía ser comunicativo y sociable: disfrutaba de los ocios correspondientes a su edad, junto con sus amigos. En lo que respecta a su familia, compartía junto a sus padres la responsabilidad de educar a sus hermanos.

Su formación médica y científica

En 1924 se dirigió a Buenos Aires, impulsado por su vocación por la medicina; ingresó a la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires a la edad de dieciocho años. En 1927 obtuvo por concurso el cargo de practicante en el Hospital Nacional de Clínicas, situación que duraría hasta 1929. Durante esos años tuvo de compañeros a estudiantes que posteriormente sobresalieron en el mundo de las ciencias médicas. Entre otros, cabe mencionar a los doctores Dickmann, Solanet, Piñero, Rezzano, Marottoli, Rothman y Jeanmaire.

A los veintitrés años de edad, en 1929, se recibió de médico, con medalla de oro por sus notas: diecinueve sobresalientes y ocho distinguidos. Por Tesis de Doctorado le fue entregado el "Premio Facultad".

El Profesor Dr. Jose Arce ofició de “Maestro” y amigo en el Instituto de Clínica Quirúrgica. En dicho lugar también se relacionó con el Dr. Manuel Balado y tomó contacto con la neurocirugía, especialidad a la que se dedicó de lleno, convirtiéndose primero en uno de los discípulos del Dr. Balado y luego en su colaborador más allegado. Durante este período inició sus primeros trabajos basados en la técnica ideada por el Dr. Balado (yodoventriculografía) y publicó sus dos primeros trabajos profesionales, iniciando una serie de publicaciones sobre este original procedimiento que luego culminaría en su obra de doctorado. Como ya se se recordó antes, esta obtuvo el premio "Facultad", por concurso: mereció mención especial en el premio de "Ciencias" del año 1928. Completó su formación en la especialidad con el Profesor Argañaraz, estudiando neurooftalmología, y con el Profesor Elíseo Segura para clínica otoneurológica, ambas vinculadas a la cirugía neurológica.

En 1930, sobre la base de sus antecedentes, obtuvo la beca universitaria reglamentada por la "Ordenanza Butti" para realizar estudios de postgrado, los que eligió llevar a cabo en Amsterdam con Ariens Kappers y Brouwer; en París, con Guillain; y en Berlín con Carl Vogt, especializándose en neuropatología. Fueron tres años intensos de investigación sobre esclerosis cerebral, polineuritis experimental, mecanismo de las impregnaciones, técnicas de coloración del tejido cerebral y estudios sobre anatomía comparada. En octubre de 1932, pese a sus escasos veinticuatro años, Ramón participó muy activamente en el Primer Congreso de Neurología, en Berna, Suiza. Mientras tanto observaba atentamente la escena sociopolítica europea. En 1933, 1934, 1935 y 1936 prosiguió sus investigaciones sobre histología del sistema nervioso, con Ramón y Cajal y Pío del Río Hortega.

A su regreso de Europa, a fines de 1933, los doctores Arce y Balado le confiaron de inmediato la organización del Laboratorio de Neuropatología del Instituto de Clínica Quirúrgica, lo que pudo ejecutar dividiendo su tiempo entre la neurocirugía a la mañana y el laboratorio a la tarde. Durante ocho años trabajó "full-time" en estas actividades, pues no tenía consultorio privado. Es decir que durante todos esos años posteriores a su graduación se dedicó exclusivamente a la investigación y estudio de las materias básicas de su especialidad y a la elaboración de numerosos trabajos científicos, de la misma orientación, manteniendo estrecha relación e intercambios de informaciones profesionales con los investigadores de la escuela neurobiológica argentina en el Hospital de Alienadas y el Hospicio de la Mercedes, luego hospitales Moyano y Borda. Nunca, ni siendo ministro, dejó de visitarlos e interesarse por sus investigaciones, y hasta con aumentada vigilancia cuando quien escribe este libro fue segundo jefe del Laboratorio del Hospicio, dirigido entonces por el Dr. Braulio Moyano.

Alternaba por esos años su formación científica con una sólida actividad humanista, cultural y política. Sin descuidar sus estudios, “vive la bohemia literaria y filosófica de los cafetines de Buenos Aires". Leía a Enrique Banchs, Jose Pedroni, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones; se relacionó con Armando y Enrique Santos Discépolo; entabló entrañable amistad con Homero Manzi, condiscípulo de infancia; y manifestó una definida inclinación por la pintura argentina, iniciando la formación de una importante pinacoteca. Políticamente abrevaba en el nacionalismo de la década del 30: advirtió que somos un país cultural, mental y económicamente colonizado, tomando conciencia de que se hallan dispersas las fuerzas capaces de esclarecer y modificar esa situación.

Homero Nicolás Manzione (Homero Manzi) también santiagueño – de Añatuya, localidad a la que él llamaba Aña-mía – fue en 1935 uno de los fundadores de FORJA, agrupación que bajo el lema "Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre" denunció el sometimiento del gobierno. "Santiago del Estero no es una provincia pobre, sino una provincia empobrecida", decía reclamando las cuatro P (Patria, Pan y Poder al Pueblo). Fue expulsado de la Facultad de Derecho, exonerado como Profesor de Literatura y silenciado como poeta. Pero "si por sus ideas le cerraban el camino a ser hombre de letras, él se dedicó a hacer letras para los hombres" y se transformó en Homero Manzi. "Mientras Buenos Aires, abriendo cada día más su puerta a la entrada del alma ajena, desoía las voces de la tierra … [e]l santiagueño ama en primera instancia a su tierra, tiene una patria chica para ubicar su corazón. Conoce su cielo, abierto y celeste durante el día cuando apenas lo transitan el sol y las majaditas de nubes blancas, oscuro y profundo en la noche, cuando los tachonan los tucu-tucu inmóviles de las estrellas. … Buenos Aires vive sorda a la belleza que destila este polo mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual. La gran ciudad del Plata, enceguecida de orgullo por las caricias de la gloria material, no sabe que lejos de ella hay argentinos que aparentan las majadas de la leyenda". Pese a ello Manzi captó y plasmó no pocos arquetipos del tango porteño. Manzi estaba convencido del triunfo de la cultura nacional sobre la colonización cultural: "Todo lo que cruzaba el mar, era mejor; y cuando no teníamos salvación apareció lo popular para salvarnos, creación de pueblo, tenacidad de pueblo. … Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, de amar todo lo que llega al pueblo, de amar todo lo que escucha el pueblo." Declaró en 1947: "Perón es el reconductor de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo así, nosotros continuaremos creyéndole, seremos solidarios con la causa de su revolución que es esencialmente nuestra propia causa. Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios".

Enrique Santos Discépolo «era el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia» (N. Olivari). De angustia se dejó morir al reducir muchísimo su alimentación por varios meses, muerte discepoliana si las hay. Falleció la víspera de Navidad de 1951, con apenas cincuenta años de edad, mes y medio después que el presidente Perón atribuyera su reelección del once de noviembre al voto femenino y a la difusión radial hecha por Discépolo (primera foto). El peronismo le había devuelto las ilusiones, ya que Discépolo lo concebía como pura y exigible solidaridad. Su amistad con Evita y con Carrillo fue el elemento esencial para ratificar esta concepción. Así, una de las causas de la depresión del popularísimo poeta, escritor, actor y músico (centro) fueron los ataques recibidos por esa adhesión al peronismo. Dijo de él Manzi «Te duele como propia la cicatriz ajena» – y por eso se murió de espanto ante un siglo veinte que se le patentizaba absurdamente insolidario, febril, obstinado en destruirse, sin rumbo y sin moral. Su esposa Tania evocaba así el final: «Se fue muriendo de ganas, de amargura, renunció a la redada tanguera de la madrugada, a la que me acostumbró toda la vida. Dejó de comer... llegó a pesar treinta y siete kilos y a revivir en aisladas ironías: "Pronto las inyecciones me las van a poner en el sobretodo", fue una de las más risueñamente patéticas». Fila inferior, derecha: su última foto, quince días antes de morir (cortesía de Tania a Alicia Ávila). Su hermano Armando, creador del género teatral conocido como «grotesco criollo», le sobrevivió veinte años.

Cuando en 1937 falleció nuestro padre, Ramón tomó a cuatro hermanos menores a su cargo: los trajo a Buenos Aires para que iniciasen sus estudios universitarios, todos a Medicina. Éramos Santiago, Alfredo, Marco Aurelio y yo. Alfredo no pudo continuar, porque una enfermedad que tuvo no le permitía trabajar con pacientes.

A partir de 1939 se hizo cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Su trabajo le permitió tomar contacto con la documentación clínica de miles de jóvenes de veinte años, aspirantes al servicio militar procedentes de todo el país. Comprobó allí los altos porcentajes de ineptitud física que se originaban principalmente en las provincias pobres y postergadas. Estos datos ratificaron su antigua sospecha acerca del desmoronamiento del inte­rior criollo.

El problema le preocupó y en consecuencia promovió ante todo un estudio estadístico, para determinar la cantidad de camas disponibles por cada mil habitantes en todo el territorio nacional. Los resultados de la encuesta, realizada por intermedio del Instituto Geográfico Militar dependiente del Ministerio de Guerra, evidenciaron grandes desniveles entre las diferentes provincias y territorios: desde 9,61 camas por mil habitantes en la Capital Federal, 4,66 por mil en la provincia de Buenos Aires, 0,88 por mil en el territorio nacional de Misiones y 0,00 por mil en la Gobernación de los Andes.

En general, la existencia de establecimientos con servicios de internación era privilegio de las grandes ciudades. Aun así, los hospitales gratuitos del Estado o las sociedades de beneficencia se desenvolvían en condiciones precarias, por falta de personal, alimentación, medicamentos e instrumental. Las zonas rurales estaban totalmente desprotegidas de asistencia hospitalaria y el país, en su conjunto, contaba sólo con el 45 por ciento de las camas necesarias. Los centros hospitalarios conservaban el espíritu de caridad que las sociedades de beneficencia le habían impreso desde el siglo anterior: muy alejado, más allá de sus buenas intenciones, del carácter de servicio público que debían tener.

Al crearse la Cátedra de Neurocirugía en 1937 con la titularidad del profesor Balado, Carrillo accedió en 1941 como Profesor adjunto. En 1942, al morir el profesor Manuel Balado, se presentó al concurso para optar a la Cátedra de Profesor Titular de Neurocirugía que hasta entonces aquel ejerciera, con un folleto de antecedentes y trabajos que conformaban una acabada demostración de su talento. Realizó un interinato de unos meses y luego recibió la confirmación, a los 35 años.

En su conferencia inaugural sostuvo que la formación del neurocirujano debía ser estricta y muy cuidadosa, puesto que se requería del profesional que abrazara esa especialidad una extraordinaria capacidad técnica, salud física, gran entrenamiento intelectual y vastos conocimientos adquiridos metódicamente. Debía tener además el espíritu abierto a todos los vientos, "amasado el corazón"; no gritar, como el Mefistófeles de Goethe, "Nada sé decir del sol y de los mundos; sólo miro cómo sufren los hombres”.

"No señores", decía Ramón en aquel primer contacto con sus alumnos, "debemos abrir nuestros brazos al mundo y dirigir los ojos al sol. Debe ser el neurocirujano un hombre capaz de ocultar su triste destino al que ya no espera nada, manteniéndole el último destello de una ilusión. Cualquier espíritu noble estará con Santo Tomás: es preferible un sentimiento que consuela a una verdad que ilumina".

Terminó su alocución con estas palabras: "Vosotros, desinteresados en las contiendas, limpios de los estigmas de las ambiciones, caeréis con sorpresa en las encrucijadas; el tiempo os despeñará del mundo de los sueños a los ásperos caminos de la vida. Entonces los más nobles sentimientos se pervierten en el vaso impuro del corazón humano si un ideal altruista y de trabajo no lo embalsama, purificándolo del mal de las codicias y de la convicción materialista de que la vida es botín legitimo del más fuerte".

La neurocirugía y especialmente la técnica neuroquirúrgica experimentó considerable evolución a partir de 1944 y las operaciones de técnicas avanzadas se empezaron a realizar sin inconvenientes. Por su extraordinaria dimensión, es imposible sintetizar aquí la labor desarrollada en diez años en el Instituto de Neurocirugía. La antigua revista "Archivos de Neurocirugía", que se publicó bajo la diligente atención del maestro Balado hasta su desaparición, volvió a salir rejuvenecida, siendo por aquella época la única publicación en Latinoamérica de este tipo.

El Costa Buero

Una vez que se hizo cargo de la Cátedra de Neurocirugía que funcionaba en el Pabellón Costa Buero y sabiendo que en tan pequeño espacio su cátedra no podría funcionar, consiguió que la familia Costa Buero le donara el edificio, logrando así plasmar este proyecto.

Fundó y a partir de 1944 dirigió el Instituto Nacional de Neurocirugía. Fue elegido Consejero de la Facultad de Medicina en 1944 y luego Decano Interino en 1945. Fue el creador, organizador y primer Presidente de la Escuela de Postgraduados en la Facultad de Medicina, con orientación hacia la medicina social y preventiva. Fue fundador de la Sociedad Argentina de Historia de la Medicina, publicó 140 monografías sobre temás vinculados a la neurología, psiquiatría, histología y patología del sistema nervioso, con especial referencia a la neurocirugía y a la historia de la medicina.

Al ocupar la Cátedra de Neurocirugía continuaron acompañándolo figuras de estimable valor dentro de la especialidad y materias afines, como las de los Drs. Esteban Adrogué, Manuel Oribe, Ramón Pardal, Tomás Insausti, Julio Ghersi y Fermín Barcala. A estos se agregaron los doctores Juan C. Christensen, Raúl Matera, Raúl Carrea, J. Day, Roberto Chescota, Ángel Cammarotta, H. Villar, Horacio Caste, Julián Prado y Magín Diez. Posteriormente se sumó una generación de médicos jóvenes, entre los que se destacan Francisco Rubén Perino, Lorenzo Amezúa, Diego Luis Outes, Aldo Martino, Julio César Ortíz de Zárate, Eduardo Mendizábal, Rogelio Driollet Laspiur, Miguel Ragone, sus hermanos Arturo y Santiago Carrillo y otros. A su solicitud, concurrió a organizar la Sección Neuroradiología el Dr. Manuel Zamboni, prestigiado radiólogo del Hospital de Clínicas.

Con tal núcleo de profesionales, en su mayoría jóvenes, a los 36 años comenzó el Dr. Ramón Carrillo su labor docente, asistencial y de investigación en la Cátedra. Fue un maestro en el más alto sentido de la palabra; no sólo enseñaba, formaba. De ello dan fe sus muchos discípulos y colegas que posteriormente pasaron por el Instituto. Por su acción, la neurocirugía argentina honra a la Patria y trascendió sus fronteras.

En 1945, por su iniciativa y la de los doctores Alejandro Schroeder del Uruguay, Elíseo Paglioli del Brasil y Alfonso Asenjo de Chile, se proyectaron los congresos Latinoamericanos de Neurocirugía, que a partir de entonces cada dos años se desarrollan con todo éxito.

Pensamiento y personalidad (apostillas)

La impuesta postergación y la pobreza de Santiago del Estero le hacían decir con ironía que sólo los santiagueños habían aprendido a amar desinteresadamente.

Era tan fácil relacionarse con él como difícil sustraerse al brillo de su inteligencia. Su sonrisa era una mano tendida hacia el semejante. Tenía la enorme virtud de ser serio sin seriedades. Sensible, abierto a todos los rumbos de la inquietud intelectual, demostraba una curiosidad insaciable para aquello que se evidenciara como conquista del genio de la especie.

Optimista impenitente, creía en el Creador – y en el hombre hecho a su imagen y semejanza. Nunca se le escuchó una queja sobre lo que le habían hecho ni sobre las desilusiones padecidas, y ¡vaya si debió soportar ataques, vilipendios y odios!

Todos sus escritos y obras, estaban impregnadas de un extraordinario sentido humanista y cristiano. Su primera publicación "El Elogio de los Humildes", la encabezó con una frase de Heráclito: “Todo fluye y todo corre, nadie ha atravesado dos veces el mismo río". Su formación filosófica la había sedimentado al lado de su padre, completándola con la lectura de libros clásicos de los que son típicos la "Filosofía Positiva", "La Divina Comedia", el Fausto, "El Paraíso Perdido" de Milton, "Don Quijote de la Mancha" y la Biblia.

Quería un país de los argentinos para todos los argentinos. No aceptaba, por ejemplo, la primogenitura de Buenos Aires y el melancólico ritmo de avance del Interior. No era empero antiporteño, aunque no ignoraba que Buenos Aires impone los intereses del puerto y de sus beneficiarios nacionales y extranjeros sobre y contra el país en su conjunto. Intuía que las legiones de "cabecitas negras" que arribaban a Buenos Aires eran adelantados del tiempo nuevo y que su acción, desde las fábricas, alcanzaría los objetivos que las armas no consiguieron.

Pensaba en eso y alguna vez supo decimos que Buenos Aires no era sólo un puerto para que ingresaran mercadería y capitales extranjeros, sino la gran base técnico-industrial para autoabastecernos y asegurar, junto al resto del país, nuestra libre determinación.

Es difícil sintetizar brevemente su polifacética actividad como ser humano, médico distinguido y original creador de técnicas y concepciones científicas, así como organizador sanitario y revolucionario creador de una sanidad argentina con características propias. Pero no destacar su personalidad dejaría una injusta y fría recopilación cronológica de su actividad. Es por eso que comenzaremos por relatar su vida como la historia de un soñador, de un hombre de ciencia argentino, con fuerte vocación de servir al pueblo de su Patria, que tuvo la suerte y la oportunidad de materializar en gran parte ese sueño. Esta tarea la realizó durante los últimos ocho años de su vida con el entusiasmo, el vigor y la entrega total de su genio creador.

¿Cómo era Carrillo, físicamente?

“Ramón era negro; justamente el 'Negro' Carrillo – recuerda Jorge Farías Gómez – "y puede decirse que era feo y hasta muy feo, lo cual de primera intención no se concilia con la idea de que era atractivo para las mujeres. Pero Ramón sabía interesar a las mujeres con su talento, inteligencia, comprensión y su variado repertorio de conocimientos”.

Se casó con Susana Pomar cuando ya era ministro, apadrinado por Perón y por su esposa Eva Duarte. Corría el año 1946. Tenía cuarenta años y Susana, a quien había conocido como alumna en un colegio donde dictaba clases, veintiuno. Juntos habitaron la casa de French 3036.

A él le perdonaban todos los errores. Frecuentemente parecía que no atendía y que se dispersaba. “No lo molesten” decían sus amigos, “está pensando”. Efectivamente era así y fue así el resto de su vida. Estas "distracciones” no deben considerarse defectos, sino como un comportamiento errático de la atención, sobre todo si son breves; son frecuentes en personas muy inteligentes.

Tal es así que una vez que se disponía a visitar a su novia Susana Pomar, residente en Castelar, se le ocurrió llevar a su sobrino Marcelito de 5 años, para que lo conociesen. Tomaron el tren en la estación de Once y Ramón bajó en Castelar, pues la casa de Susana se ubicaba frente a la estación; pero en un pequeño descuido … sí, “se olvidó el chico en el tren”. Tuvo que salir corriendo en un taxi desesperadamente, hasta que lo pudo rescatar en la estación siguiente... Olvidarse el lugar donde estacionaba el auto y darlo por perdido era hecho frecuente. Pero nunca perdió uno, pues siempre alguien se lo localizaba...

La febril actividad – en la que vivió, dada su extraordinaria capacidad de trabajo – lo mantuvo, generalmente, al margen de pequeñeces y de miserias humanas. Por muchos años el laboratorio y el microscopio fueron sus compañeros inseparables; jamás tuvo envidia de nada ni de nadie. Por el contrario, vivió deslumbrado por la belleza y la grandiosidad del mundo.

Poseía memoria extraordinaria, casi fotográfica y su "gran pasión” fueron los libros, a los que consideraba como su mejor venero de trabajo. Pero sí bien formó una biblioteca especializada en medicina, historia, filosofía y filosofía de las ciencias, también había allí todo tipo de libros: hasta novelas policiales, que siempre fueron uno de sus pasatiempos.

Tenía una gran responsabilidad en el cumplimiento de su trabajo. Las tareas hospitalarias eran sus preferidas. No generaba problemas y mantenía una gran armonía con el personal. Con los grandes maestros de la medicina de su época, existía una fluida y cordial amistad. Muchos de ellos llegaron a ser valiosos consejeros en su actividad, tales como Braulio Moyano, Roque Orlando, German H. Dickman, Ramón Melgar y otros notables. Con los amigos no médicos, los de la bohemia, se distendía y disfrutaba: muchos eran periodistas, escritores, pintores, poetas y músicos; alguno, médico y famoso cantor.

Generalmente se reunían en un salón que les facilitaba don Natalio Botana, una parte de las oficinas del diario “Crítica”. Pero no era su costumbre trasnochar; madrugaba por sus tares hospitalarias y el ejercicio de su profesión.

Ramón, Alfredo, Marco Aurelio, Santiago y yo vivíamos en Arroyo 1073 hasta que nos emplazaron a dejar el lugar, debido a que la casa estaba en el trayecto del trazado de la futura Av. 9 de Julio; nos mudamos a French 3036. Constituimos una sociedad fraternal unida, con funciones específicas en el manejo de la vivienda. Era una casa de hombres, más los amigos y compañeros de estudio, un verdadero “club de caballeros”. Nunca hubo problemas ni conflictos. No obstante, ante semejante hogar, mi madre resolvió trasladarse de Santiago del Estero junto a dos hijas solteras, Marta Elena y Carmen (La Chata), ambas dedicadas al magisterio. La Mamita por su edad y educación no concebía que en un hogar faltaran las mujeres. Así fue que se reconstituyó el núcleo familiar, tal como se lo concebía en tiempos de antaño.


De la pluma de Ramón Carrillo

[De Ramón Carrillo. El hombre... El médico... El sanitarista]

" … No tengo odios y he juzgado y tratado a los hombres siempre por su lado bueno, buscando el rincón que en cada uno de nosotros alberga el soplo divino."

"Si yo desaparezco queda mi obra y queda la verdad sobre el esfuerzo donde dejé mi vida": el resumen de las obras más importantes entre 1946 y 1954 enumera 141 hospitales, 60 Institutos de Especialización, 50 Centros Materno-Infantiles, 16 escuelas técnicas, 23 Laboratorios e instituciones de diagnóstico, 9 hogares-escuela, Centros Sanitarios y Centros de Salud en todas las provincias; duplicación del número de camas hospitalarias en el país; "campañas integrales" para eliminar endemias, logrando la elimnación del paludismo; formación y organización de recursos humanos; reducción de la mortalidad infantil a la mitad y nacionalización de la industria farmacéutica.

"Mientras los médicos sigamos viendo enfermedades y olvidemos al enfermo como una unidad biológica, psicológica y social, seremos simples zapateros remendones de la personalidad humana."

"Debemos pensar que el enfermo es un hombre que es también un padre de familia, un individuo que trabaja y que sufre; y que todas esas circunstancias influyen, a veces, mucho más que una determinada cantidad de glucosa en la sangre. Así humanizaremos la medicina."

"En una sociedad no deben ni pueden existir clases sociales definidas por índices económicos. El hombre no es un ser económico. Lo económico hace en él a su necesidad, no a su dignidad."

"Todos los hombres tienen igual derecho a la vida y a la salud."

"No puede haber política sanitaria sin política social."

"De nada sirven las conquistas de la técnica médica si ésta no puede llegar al pueblo por los medios adecuados."

"Frente a las enfermedades que produce la miseria, frente a la tristeza y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causa de enfermedad, son unas pobres causas."


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